Serunoconsigomismo

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lunes 7 de diciembre de 2009

El símbolo y su realidad


El origen de la palabra símbolo remite a una costumbre de tradición griega, en la cual dar hospitalidad al caminante era algo sagrado. Cuando algo así sucedía, había incluso una responsabilidad en el agradecimiento, aun en generaciones posteriores. Como representante de estas relaciones, se partía en dos mitades una moneda o medalla, cuyo nombre era SIMBOLON. Huésped y caminante conservaba cada uno una mitad, de modo que pudiera reconstruirse con su unión aquel vínculo de hospitalidad y agradecimiento.
“Símbolo” refiere entonces a un hecho, narrado o historiado, que alude a una verdad; y no alude sólo a ella, sino que en él se hace presente y vivenciable otra realidad. Realidad misteriosa, donde converge lo sensible (vivencia) y lo ausente. Un símbolo alude a una vivencia que se revela en él, cada vez que se materializa, a modo de una momentánea revelación de una vivencia mística (como proponía Goethe).

Hay tantos símbolos como experiencias; podemos hablar de un Corpus Simbolicum (Inconsciente colectivo), como un conjunto de objetos o hechos ya vividos simbólicamente a modo colectivo (por ej., a través de alegorías, arquetipos, mitos… “Mito es el sueño colectivo de un pueblo”, Otto Rank), pero también podemos contruir símbolos personales, que representan para nosotros intransferiblemente sentidos y vivencias propios.
En nuestro psiquismo, previo al modo de pensar con palabras, la forma de expresión es a través de las imágenes: nuestra primera manera de pensar es a través de las imágenes, a modo de la elaboración onírica. De modo que producir símbolos es una manera habitual de expresión del Inconsciente. ¿Qué represena cada símbolo que elaboramos? Pura y simplemente lo que nuestro propio Inconsciente le otorgue como sentido, y por constitución, muy probablemente inaccesible a la palabra. Se explica a sí mismo eficazmente, se define a sí mismo en su existir…

La humanidad siempre manifestó un interés profundo hacia lo que hoy denominamos “producciones del Inconsciente”, sólo que antiguamente era ámbito de lo sagrado, de simbolismo entre Micro y Macrocosmos, entre lo sensible y lo inteligible: lo que mediaba lo Sagrado y lo terrenal, un ritmo “místico”. En el mundo céltico, como en el sufí, el universo es concebido como un compuesto de dos mundos, no superpuestos sino confundidos, uno visible y el otro invisible, salvo excepcionalmente. El símbolo facilita la circulación a través de esos dos mundos y los une…
Aquello que actualmente, ya como hombres modernos, calificamos como “arcaico”, “precario”, “primitivo”, es nada más y nada menos que nuestro origen, nuestra esencia. Aun en estos tiempos de avances tecnológicos, nuestras producciones simbólicas propias siguen siendo el único vehículo posible de presentación de lo universal en nosotros (Jean During), de lo sagrado en nosotros.
¿Qué lugar le damos a lo único e irrepetible que producimos, como nuestros sueños, producciones creativas, “dictados del alma”? ¿O nos esforzamos todos los días en ser igual a los demás, acercándonos más a signos convencionales que a la riqueza de nuestra propia simbología, personal y colectiva?


“El símbolo es la manifestación del ritmo místico de la creación, y el grado de veracidad atribuido al símbolo es una expresión del respeto que el hombre es capaz de darle a ese ritmo místico” (Marius Schneider)

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miércoles 18 de noviembre de 2009

Una educación holística.


Así como en la salud hablamos de enfermedades iatrogénicas (causadas por el mismo tratamiento médico), existe también en la educación, a veces, una enseñanza iatrogénica, como la que fragmenta el saber en “asignaturas”, sin establecer una continuidad y relación entre los “saberes”. Por otro lado, a muchos se les enseñó reglas de convivencia y conducta en ese ámbito, que dieron origen a un malestar que continuó mucho tiempo después… ¿Cuántas personas adultas sueñan todavía con que llegan tarde al colegio, que son examinados, rechazados, que no estudiaron para una prueba…? Posiblemente, a muchos de nosotros nos prohibieron ir al baño en hora de clase, estar atentos sólo a resultados, tiempos, etc. ¿Cuánto de eso dio origen a la competencia desmedida, al temor al rechazo por ser diferente, “encajar” a toda costa, a no aceptarse a sí mismo? Pero aparte: eso, ¿sólo lo aprendíamos en la escuela??
Así como los humanos estamos vivenciando hace ya un tiempo un cambio sustancial en nuestra manera de encarar la salud, nuestra mente, nuestra complejidad toda, hacia un enfoque más holístico y abarcador de toda nuestra realidad interdependiente, quizás tengamos frente a nosotros el desafío de virar hacia una educación más holística: una educación que abarque a la persona entera y que no apunte sólo a los conocimientos compartimentados (la educación como vacuna). Desde este criterio, no sólo se educa en la escuela, sino que enfoca al aprendizaje permanente de un ser humano, en su hogar, en su barrio, con sus seres queridos, vecinos, etc. Permanentemente nutriéndose de un conocimiento que es continuo, basado en la experiencia humana, y que asiste al aprendiz en una búsqueda de sentido, en su necesidad de discernir formas y estructuras: en su ansia de armonía. Un aprendizaje que contemple paradojas, que sostenga misterios y preguntas.
¿Qué lugar para los educadores aquí? El educador será como un catalizador, el que facilite el aprendizaje, pero no su causa primera. Un educador que capte la marcha singular de cada aprendiz, que pueda reconocer sus propias equivocaciones, que pueda sostener la existencia de otras realidades distintas a la propia. Y en este sentido, los padres somos los primeros maestros en los que se fijan los niños… Mucho antes de quejarnos de las normas de conducta que se les enseña a nuestros hijos en el colegio, ¿nos fijamos cómo aprenden de nosotros a perder, a ser pospuesto, a ver lo diferente?
Está clarísimo que a la mayoría de los padres les produce satisfacción que sus hijos les superen en cosas puntuales: deportes, asignaturas, etc. Pero, ¿cuántos toleran cuando sus hijos sean diferentes?

Los dejo con las palabras de un gran maestro, Juan Salvador Gaviota:


"-No comprendo cómo te las arreglas para amar a una turba de pájaros que acaba de intentar matarte.
-Vamos, Pedro, ¡no es eso lo que tú amas! Por cierto que no se debe amar el odio y el mal. Tienes que practicar y llegar a ver a la verdadera gaviota, ver el bien que hay en cada una, y ayudarlas a que lo vean en sí mismas. Eso es lo que quiero decir por amar. Es divertido, cuando le aprendes el truco. Recuerdo, por ejemplo, a cierto orgulloso pájaro, un tal Pedro Pablo Gaviota. Exilado reciente, listo para luchar hasta la muerte contra la Bandada, empezaba ya a construirse su propio y amargo infierno en los Lejanos Acantilados. Sin embargo, aquí lo tenemos ahora, construyendo su propio cielo, y guiando a toda la Bandada en la misma dirección.
El problema, Pedro, consiste en que debemos intentar la superación de nuestras limitaciones en orden, y con paciencia. No intentamos cruzar a través de rocas hasta algo más tarde en el programa."

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viernes 6 de noviembre de 2009

Tripulando nuestro tiempo


Y sí… se escucha permanentemente, se dice permanentemente.
“No tengo tiempo”, “Se me pasa volando el tiempo”, “Ya de nuevo en fin de año”, etc, etc… Siempre queda “algo” que no llega a entrar en nuestro ritmo temporal.
Desde la física, ya desde hace un tiempo, hay especulaciones respecto a este sentir de los individuos, a través de lo que se conoce como “Resonancia Schuman”: la pulsación del campo magnético del planeta, que históricamente fue de aprox. 7 seg., pero que actualmente se mide en ¡12! pulsaciones por segundo. Desde este punto de vista, se explica así el sentir una “aceleración del tiempo”, como una correspondencia con el ritmo magnético de la Tierra. Los humanos sintonizaríamos así con todos nuestros compañeros seres vivos del planeta, sometidos a la inteligencia de la naturaleza.
¿Qué hacer? La verdad, es que al margen de estas (muy probables) especulaciones, también es cierto que podemos hacer algo para adueñarnos de nuestro tiempo.
El dicho “no tengo tiempo para mí”, bien puede ser una excusa para evadirse de uno mismo, emprendiendo acciones que no son prioritarias para el óptimo desarrollo de nuestro ser. Así, a veces podemos “atiborrarnos” de ocupaciones, pero si hiciéramos una lista concienzuda de todas ellas, veríamos que muchas son superfluas o redundantes unas de otras.
También, los tiempos modernos nos bombardean con estímulos permanentes, que nos llevan siempre a tener algo para hacer.
Pero, ¿todo lo que hacemos, es necesario? ¿Cuánto de eso lo utilizamos para no sentirnos protagonistas de nuestra vida?
Y la vida, siempre sabia, nos avisa de esto con una advertencia. A veces con sensación de vacío, de que no estamos viviendo nuestra vida. A veces con angustia, por qué no desesperación... Está en nosotros prestarle atención a la advertencia cuando la escuchamos…


EL VIAJE
No se trata realmente de que el barco
pasó sin que te dieras cuenta.
Más bien podríamos decir que el barco
paró directamente delante de la ventana de tu cuarto.
El capitán hizo sonar la sirena
y la banda comenzó a tocar una marcha triunfal.
El barco te llamó con un grito,
agitando sus banderas de colores brillantes,
su casco de plata brillando
a la luz del sol.

Pero tú tenías la idea de que irías por tren.
Así que seguiste mirando el horario de trenes.

El barco se cansó de esperarte,
levantó la rampa y
recogió el ancla.
El barco empezó a alejarse,
achicándose como un juguete...

Y en ese momento,
en ese preciso momento,
te dista cuenta de que tu verdadero amor
es el mar.

NAOMI SHIHAB NYE

Ilustración: Jacek Yerka

viernes 23 de octubre de 2009

Sobre la Otra Psicoterapia


Un terapeuta impersonal, que no debe dejar de traslucirse a sí mismo: desde el encuadre clásico, estructurado, vemos progresivamente que va surgiendo otra clase de psicoterapia. Cada vez más terapeutas se sienten “inadecuados” a la clásica corriente terapéutica, que gira alrededor de la “abstinencia aséptica”… Cada vez más, surgen terapeutas que consideran que si el vínculo terapéutico no es, por sobre todas las cosas, un vínculo humano, no hay terapia posible. Y que quien viene buscando ayuda en su camino, no es un diagnóstico, ni un “caso”: es un ser Humano al margen de cualquier categoría diagnóstica.
Este modelo terapéutico, propio del abordaje Humanista y Transpersonal, implica por parte del terapeuta la escucha del individuo desde una disponibilidad para compartir con él no sólo lo que sabe intelectualmente, sino también LO QUE EL ES: su mirada de la vida, sus emociones, sus estrategias para ir trabajando con sus propias dificultades personales, sin implicar que sea la correcta a seguir. Porque un vínculo terapéutico es eficaz si implica un proceso de transformación no solamente en el paciente, sino también en el terapeuta.
Mucha gente teme comenzar un tratamiento por el preconcepto de que emprender ese camino es “hurgar” en lo doloroso. Pero en ese vínculo humano terapéutico, debe ser posible contactarse con eso doloroso, aprendiendo que no se es solamente esa circunstancia vital, sino que lo que uno es en Esencia, es mucho más que eso que está viviendo circunstancialmente. Así, de a poco, se irá construyendo un vínculo más maduro consigo mismo, pudiendo aprender y fortalecerse de sus partes doloridas.
Si puede establecerse ese vínculo humano en el espacio terapéutico, al tiempo… ambos (terapeuta y paciente) ya no serán desconocidos entre sí, ya que emprendieron un camino de aprendizaje mutuo. Hay terapeutas quienes piensan que es azaroso su grupo de pacientes, con sus problemáticas. Pero lo cierto, es que desde este enfoque, esto no es así: el hecho de que un determinado individuo se presente con determinado terapeuta podría implicar un aprendizaje mutuo a emprender, con las emociones que puedan implicar. Desde un enfoque más “aséptico” terapéutico, se recomienda que si un paciente provoca emociones encontradas en su terapeuta, éste debería “derivarlo” a otro colega. Pues bien, desde este enfoque, sólo así es que el terapeuta contacta su esencia con la de su paciente… Se gesta entre ambos un saber común, un lenguaje particular, una comunicación propia. Un afecto propio, básico: puro sentimiento humano, como decía Rogers. Consiste en sentir tanto interés por la otra persona, que no se desea interferir en su desarrollo ni usarla con fines egoístas.
Emprender este camino como terapeuta, puede implicar una decisión irreversible para el profesional. Será juzgado, criticado por sus colegas desde otras formas de pensamiento. Lo enfrentará a las categorías de la mente, ya que implica no ver a un paciente desde categorías diagnósticas… Implica correrse del lugar de experto. El otro es un misterio, una aventura a descubrir, para sí mismo, y para el otro. Ambos emprenden un camino alquímico…


“He llegado a comprender que ganar la confianza del otro no exige una rígida estabilidad, sino que supone ser sincero y auténtico. He escogido el término “coherente” para describir la manera de ser que me gustaría lograr. Eso significa que debo poder advertir cualquier sentimiento o actitud que experimento a cada momento. Cuando esto se cumple, soy una persona integrada, y por consiguiente, puedo ser tal como soy en lo profundo de mí mismo. Esta es la realidad que inspira confianza a los demás”
Carl Rogers: “El proceso de convertirse en persona”

Y así, teniendo (quizás por primera vez) un vínculo auténtico terapéutico (con todo lo que implica), el individuo pueda animarse a tener un vínculo más auténtico… consigo mismo.


Ilustración: Grabado alquímico

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domingo 4 de octubre de 2009

Del abismo al vuelo



"Acercaos al borde", les dijo.
"Tenemos miedo", respondieron.
"Acercaos al borde", les dijo.
Se acercaron.
El les empujó... y salieron volando.
G. Apollinaire

Uno de los aspectos saludables de una persona, consiste en su capacidad flexible de acompañar los cambios que en su vida se produzcan. Y estos cambios pueden obedecer a distintas causas, pero lo constante es que el individuo debe responder a ellos, con una apertura flexible. Y cuando esto sucede, decimos que la persona atraviesa una Crisis, como una reacomodación que permitirá un nuevo orden y equilibro en su vida, nunca el mismo.
A veces, la persona ingresa en una crisis como consecuencia de un cambio en su medio: las condiciones en las que vivía cambiaron drásticamente. Sea una pérdida económica, circunstancias sociales, la muerte de un ser querido. Algo “exterior” a la persona rompe su equilibrio, y la obliga a reestructurarse y reacomodarse. El grado en que la persona se afecte por este tipo de crisis dependerá de su personalidad previa (los recursos que tiene para afrontarlo, por ejemplo), pero siempre vemos en estos casos un cambio de conducta, hábitos, y una necesidad de realizar “remodelaciones” en la personalidad.
Por otro lado, existen Otro tipo de crisis, originadas desde el interior de una persona, como una eclosión de un proceso psíquico que viene gestándose desde tiempo antes. Y la crisis, aquí, es sólo la manifestación y necesidad de virar hacia un nuevo equilibrio psíquico de algo que produjo una “eclosión” interna. En algunos de estos casos, estamos en terreno de lo patológico, donde verificamos un deterioro del funcionamiento de la persona (se torna menos sano, menos armónico que su estado anterior). Pero también, hay crisis originadas en el interior de una persona, que, aun cuando en su manifestación sean similar a estas últimas, no revisten patología alguna: son Crisis de transformación interna, existencial.
Ya sabemos que la oruga se transforma paulatinamente en mariposa en su capullo, gestándose a sí misma. Pero no llega a nacer completamente si no es con mucho esfuerzo y trabajo: debe realizar un proceso de nacimiento, en el que debe romper su capullo con mucho esfuerzo para poder nacer como otro ser diferente (pero que sigue conteniendo a la oruga que fue… pero ahora en un escalón evolutivo amplificado). En oportunidades, el orden que guía nuestra existencia, valores, etc, deja de ser el orden que nos ordena en la realidad, como si nos quedara “pequeño” para movernos sanamente. Esto sucede habitualmente en los pasos evolutivos, como de la niñez a la adolescencia, a la madurez… pero también puede suceder en aquellos momentos de nuestra vida en donde si no viramos respecto a nuestro eje de existencia, simplemente no podremos seguir viviendo (simbólicamente), donde debemos nacer como otro Ser para continuar nuestra existencia (pero conteniendo a aquél que fuimos)…
De modo que aun existiendo distintos tipos de crisis, la persona parte como en un viaje en la búsqueda de un nuevo equilibrio, su nuevo Ser, de Sí Mismo. Sea cual sea el tipo de crisis, el desafío al que nos enfrentamos con ellas es tornarlas como el nacimiento de la mariposa: nacer a un nuevo equilibrio que permita una transformación a la persona, con unos horizontes más flexibles y amplios de su existencia. ¿Cómo?
Preguntándonos frente a momentos críticos de nuestra vida, qué aprendimos con lo que nos sucedió, qué decisiones nos llevó a tomar, qué cambiamos de nosotros mismos frente a ellas, qué estamos dispuestos a arriesgar para ser más sanos. Ser los protagonistas de lo que nos sucede... aun en una tormenta.


EL RIESGO DE ARRIESGAR.

Reir tiene el riesgo de parecer tonto.
Llorar, el de parecer sentimental.
Destacarse puede significar quedar comprometido.
Mostrar los sentimientos puede dejar al descubierto lo que somos.
Exponer ideas o sueños al gran público puede acarrearnos desilusión.
Amar tiene el riesgo de no ser amado.
Estar vivo significa que algún día moriremos.
La esperanza puede terminar en desesperanza e intentar cosas en fracaso.
Pero hay que correr el riesgo,
Porque la derrota más grande proviene de no tomarlo.
La persona que nada arriesga, nada hace y nada tiene.
Se puede evitar el sufrimiento y la ansiedad,
Pero también se cierra la posibilidad de aprender, sentir, cambiar, crecer, amar, vivir.
Encadenarse a la certidumbre es convertirse en esclavo.
Sólo la persona que arriesga es Libre.

Anónimo.


Ilustración: Antiguo grabado alquímico

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martes 22 de septiembre de 2009

CIENCIA Y ESPIRITUALIDAD


Durante mucho tiempo, se creyó (nos enseñaron así), que la Ciencia –fría y analítica, y las Humanidades –estética, sentimiento y espíritu-, eran dos Mundos diferentes e irreconciliables, que funcionaban independientemente una de otra. Creencia occidental sospechosa, teniendo en cuenta que también durante muchos siglos (modernos) se fomentó una separación entre nuestras formas de razonar, entre nuestros hemisferios cerebrales derecho (estético y holístico) e izquierdo (lógico y racional). La humanidad se empeñó durante siglos en fomentar una conciencia humana dividida.
Lo cierto es que cada vez más (y fuertemente en este siglo), la ciencia no está haciendo más que corroborar con sus avances y descubrimientos ciertas intuiciones con las que la humanidad se maneja hace milenios. Y, a medida que avanza cada vez más la ciencia, los propios científicos llegan con asombro a descubrir que cada vez… se encuentran menos explicaciones lógicas y racionales. Cuanto más “se sabe”, tanto más se radicalizan las preguntas. En la naturaleza no existe algo como un nivel profundo donde “todo tiene sentido”, sino que a medida que se profundiza el conocimiento, se llega a un punto de asombro total, profundo y poderoso misterio. Como cuando éramos niños y nos cautivaba la naturaleza, aun sin comprenderla lógicamente. De alguna manera, la ciencia actual con sus últimos desarrollos, convoca al asombro, a la credulidad: nos hace entrar al reino de las paradojas. Nos pide que si queremos avanzar en la Naturaleza, en un momento dado debemos dejar de lado la lógica racional, para ingresar al Paraíso del misterio (como Virgilio sólo puede acompañar a Dante ante las puertas del Paraíso, pero no puede ingresar en él…).
Es sorprendente cómo cada vez más hay una convergencia entre ciencia y espiritualidad, cómo se verifican o pueden explicarse aquellos conocimientos que distintas tradiciones espirituales sostienen hace siglos (respecto a meditación y cerebro, sonido, etc). “El hecho de que podamos citar verdades enunciadas tanto por científicos como por poetas es ya en algún sentido una prueba… de que nos estamos aproximando a una nueva Unidad, a una ciencia no totalitaria, en la que nadie trata de reducir un nivel a otro” (Iliya Prigogine, premio Nobel de química).
Si hacemos un recorrido por las distintas teorías científicas actuales, más que apuntar al mundo como un autómata, se apunta al mundo como obra de arte, donde reina el misterio y donde deben sostenerse preguntas más que buscar respuestas, como decía el poeta Rilke.
No es nueva la unión entre ciencia y espiritualidad: William James, el matrimonio Curie, Einstein, Pauli, Planck convocaron a su unión. Dentro de la neurología, cada vez se encuentra más asombro respecto al funcionamiento cerebral, y en el estado actual de esa disciplina ya se pueden fundamentar los estados espirituales considerados por las distintas tradiciones de sabiduría. Hace siglos, mucho antes de su descubrimiento por la ciencia occidental, los antiguos yogis ya habían descubierto el correcto funcionamiento de la glándula pineal. Respecto a esto, Pribram (neurólogo, cuyo trabajo gira en conceptualizar la memoria como un holograma) dice sorprendentemente: “en estado holográfico –a nivel de las frecuencias-, hace cuatro mil años es lo mismo que mañana”. También, recordemos que gracias a la teoría de resonancia mórfica de Rupert Sheldrake (biólogo), se habla en biología de una inteligencia común de cada especie, como un inconsciente colectivo. Y en la biología parece muy normal…
Uno de los descubrimientos considerado como el “más importantes de la ciencia” en este siglo, fue el llamado “Teorema de Bell” (1964). Los experimentos demuestran que, si se separan dos partículas idénticas (de polaridad complementaria) y el experimentador cambia la polaridad de una de ellas… la otra cambia instantáneamente!!!, aun estando a distancia. Las dos partículas permanecen misteriosamente en relación: como un todo indivisible. La física nos confirma así la visión mística de “todos somos uno”, y aquellos estados no ordinarios de conciencia donde puede vivenciarse esa sensación de unidad con lo existente (como en la meditación, por ejemplo). Si eso le sucede a dos partículas, es de suponer que en otra escala (ser humano) suceda algo similar.
La humanidad habló durante siglos una Babel de lenguas, escindiéndose para comprenderse… cuando en realidad, hay una sola lengua que nos habla, incluso en nuestra propia naturaleza interna.

“No es cuestión de esperar otro año, u otra década, o que surja otra teoría. En este momento, parece que la ciencia no podrá nunca alzar el telón tras el que se oculta el misterio de la creación” (Jastrow, astrofísico de la NASA)


Para finalizar, un hermoso poema enviado por uno de nuestros lectores:

HABLA EL HOMBRE ÁRBOL

Simplemente vive.
El viento conoce
Cuando necesitas mudar de hojas;
Permítele que las arranque
Y cree con sus secas figuras a su contacto
La tonada de la renovación.

En tu savia corre
El amor por la amplitud del firmamento.
Deja a cada uno de tus vástagos
Su propio sueño
Y entrégate entero en cada fruto.

Miles de avecillas
Anidaran con el tiempo en tus ramas;
Y así,
Sin que lo adviertas,
Al final de cada día
Los secretos de muchos cielos
Conocerás.

Montsalvad

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martes 8 de septiembre de 2009

Procusto y la tolerancia a lo diferente.



Una vez más recurrimos a la mitología…
Procusto tenía su casa en las colinas, donde ofrecía morada a quien pasara por allí de viaje. A quien cayera “víctima” de su hospitalidad incondicional, le ofrecía una valiosa cama de oro, adornada con miles de diamantes. Y sí, quien necesitaba hospedaje, era una víctima, porque el lecho de Procusto tenía una particularidad: como el lecho era absolutamente valioso y no podía ser modificado, si la persona era alta, Procusto procedía a serrar las partes de su cuerpo que sobresalían. Si por el contrario la persona era más baja, era maniatada y descoyuntada a martillazos hasta estirarla. Según otras versiones, nadie coincidía jamás con el tamaño de la cama porque ésta era secretamente regulable: Procrusto la alargaba o acortaba a voluntad antes de la llegada de sus víctimas. En realidad, no era la cama para el invitado, sino éste para la cama… Peor aún: quizás Procusto lo hacía con la mejor intención del mundo, ya que había construido el lecho en base al promedio de tamaño de los ciudadanos : en base a un promedio fijo (aunque en la ciudad hubiera diversidades de personas, que no reflejaban el promedio fijado…).

Si bien creemos (ilusoriamente) que hay “tipos, categorías” de seres humanos, lo cierto es que si pudiéramos poner una lupa sobre cada ser humano, nos encontraríamos con la sentencia del maravilloso Caetano Veloso: “De cerca, nadie es “normal”. Y sí, es muy raro, casi imposible, encontrar a un individuo que encaje perfectamente en una “cama” ya construida. Y en caso de que pretenda ajustarse a ella, indefectiblemente quedarán cercenados aspectos propios y únicos.
¿Obsesión y desesperación por encajar en parámetros socialmente fijados? Así como pensamos que debemos ajustarnos a lo estandarizado por nuestra cultura, por temor a ser marginados y aislados, ¿también toleramos lo que es diferente a nosotros, a quienes sienten o piensan de otra manera a la propia, tratando de ajustarlos a nosotros? Maslow sostenía que las personas que se “autorrealizan” nos despiertan admiración pero también sentimientos hostiles (contravaloración). ¿Cuál sería el motivo de esta ambivalencia, a menudo inconsciente? Maslow sostiene que la presencia de personas autorrealizadas (que despliegan todo su potencial interno y creador, “imposibles de poner en un molde”) pueden despertar en otros sentimientos hostiles a modo de espejo, que les devuelve a los otros lo que han “cercenado” de sí mismos para encajar en parámetros establecidos. Dice: “Si podemos aprender a amar más cabalmente los valores supremos en los otros, tal vez consigamos amar esas mismas cualidades en nosotros mismos”.
Cuando pretendemos mirar la realidad con una determinada actitud, por añadidura estaremos dejando de lado muchos aspectos. A veces, esto es inevitablemente así, pero podemos amplificar nuestra visión simplemente considerando que hay un sentido que contiene nuestra existencia que nos excede… y que nos contiene. Y que si decidimos contemplar UN aspecto de la realidad, será eso: UN aspecto, contenido en algo superior que le da sentido.
Entonces, cuando somos intolerantes a lo diferente a nosotros mismos, ¿qué parte nuestra se amuralla ahí? (¿nuestras máximas grandezas?, como diría Maslow); ¿tememos que se modifiquen nuestros parámetros tranquilizadores, pero cercenantes? Se dice que uno se relaciona y comporta con los otros semejantes de la misma manera que uno se relaciona consigo mismo. Quien no es conciliador con las propias contradicciones, ¿cómo serlo con los otros, aceptando las diferencias que nos enriquecen?
Pobre Procusto…

"NOMBRES"
El árbol que andas buscando a veces se llama sol,
o también lago, o nube.
Pero también puedes llamarlo mar, arena o viento.
En cada uno de ellos encuentras el árbol de la vida.

Lo que te ha engendrado está producido por otro,
y así sucesivamente.
Lo que tú llamas padre, para otro es hijo.
Si te atienes a los nombres pierdes de vista el Uno.
Los nombres son muchos, mientras que el Uno es único.
Ese es el árbol que estás buscando.
Te has tomado tu misión al pie de la letra,
por eso has fracasado.
Así fue como descubrió las raíces del árbol,
buscando en su propio corazón.

Rumi, místico y poeta persa, 1207-1273

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"No voy a cometer la estupidez tan de moda de considerar como un fraude a todo aquello que no puedo comprender".
Carl Jung.

El Ser Humano, en su complejidad, debe ser aprehendido desde su esfera individual, pero tambièn desde lo colectivo y lo trascendente. MI MAIL: vmservivo91@gmail.com