La experiencia en el baptisterio de Ravena me dejó una profunda impresión. Desde entonces sé que algo interior puede parecer algo exterior, como lo inverso. Los verdaderos muros del baptisterio que debían ver mis ojos físicos estaban recubiertos y transformados por una visión que fue tan real como la invariable pila bautismal. ¿Qué fue real en aquel momento? ... He viajado mucho en mi vida y hubiera ido a Roma con agrado, pero no me sentía todavía a la altura de la impresión de esa ciudad. Ya Pompeya me resultó demasiado, las impresiones casi sobrepasan mi capacidad de captación... Me encontraba en la borda del barco cuando recorrimos la costa en la latitud de Roma. Allí se encontraba el foco todavía ardiente y humeante de viejas culturas... Allí estaba todavía viva la antiguedad en toda su magnificencia e iniquidad... Ciertamente se puede gozar estéticamente de una ciudad, pero cuando se siente uno afectado por el espíritu que ha imperado aquí por todas partes... entonces es otra cosa. Ya en Pompeya supe de cosas indescriptibles y se me plantearon preguntas para las cuales mis capacidades no estaban a su altura. Cuando en 1949, ya de avanzada edad, quise recuperar lo perdido, sufrí un desmayo al comprar los billetes para ir allí..."
Carl Jung
Es sabido que el gran escritor francés Stendhal relató que en la visita a la iglesia de Santa Croce experimentó unos síntomas a los que nadie podía dar una explicación lógica y coherente. Stendhal refirió entonces ansiedad repentina, sensación de ahogo y desorientación témporo-espacial. Al ser uno de los primeros "famosos" en referir detalladamente este conjunto de síntomas, sin embargo ya conocidos en el pasado, prestó su nombre para describir esta experiencia.
Siempre ha sucedido, y sigue sucediendo: quienes trabajan en los grandes museos lo saben. Yo misma he experimentado despersonalización y temblequeos frente a los grabados de Goya, vértigo frente a un Caravaggio, tras lo cual volví a reubicarme, pero transformada por esa experiencia inolvidable, como una verdadera experiencia mística según William James. Pero también hay quienes pueden experimentar conmoción en lugares con una densa y compleja historia, como menciona Jung. Viene a mi memoria la ansiedad y piel erizada que experimenté en mi visita a Petrópolis, ciudad imperial construida con las vida de cientos de esclavos...
Sin embargo (nunca faltan) han habido académicos que han insistido, a fines del siglo XX, en pretender catalogarlo como un trastorno mental, patológico, afortunadamente siempre sin suerte. Es que este sindrome de expresión psicosomática repentina se produce en determinados lugares históricos y frente a determinadas obras maestras de arte y belleza, tras el cual el individuo recobra el eje de su conciencia y funcionamiento. Aceleración del ritmo cardíaco, despersonalización, desorientación témporo-espacial, vértigo, incluso visiones pueden ser algunos de los síntomas que promueven la "sobredosis" de impresiones de gran intensidad simbólica, provenientes del inconsciente colectivo a través de una producción artística magistral o lugar histórico, en nuestra focal y limitada conciencia.
Probablemente, cuando nuestro psiquismo se posiciona receptivo, como una antena, por disposicón personal o crisis vital, capte naturalmente todo lo acontecido en la historia, y todo lo inefable de la vida, como un vórtice que reúne todo lo que la historia de la humanidad es. Obras maestras que han sido realizadas con una intensidad emocional tal, que exceden cualquier disposición témporo espacial o capacidad de nuestra conciencia para aprehenderlas. Y como sucede siempre en esos casos, es nuestro cuerpo el que toma el mando de nuestra expresión y elaboración, expresándolo con síntomas.
¿Qué sería la belleza sino aquello que resuena en nuestro interior como sagrado y atemporal? ¿Veremos como digno de belleza aquello que trasciende a nuestra conciencia, portador de mensajes de nuestro anima?
La verdadera belleza, escapista de toda época,quizás sea aquella que toca nuestro alma y lo expresa. La belleza vital no se limita al lienzo que observamos ni a la obra concreta frente a nosotros, ni al mapa de la ciudad que visitamos: flota en el éter, siempre dispuesta a tocarnos, y las obras y lugares que observamos, son sus catalizadores. En ellas subyacen la historia de su ejecución, las emociones del artista, sus deseos, su historia toda, la realidad de su época... ¿Cómo no ser tomados los transeúntes, por esa ola de vida?
La belleza nos despierta. Nos despierta a golpes de terciopelo y néctar, de genialidad y excelencia. Arte, arquitectura y paisajes se trenzan conmoviendo al visitante. Y reconozco que no es la primera vez que me sucede. Pero en este cuarto transitar por estos parajes del norte de Italia, quizás por la edad, los poros de la sensibilidad siento que están más abiertos, y vivo con intensa emoción los regalos que nos brinda esta tierra. Necesitamos a veces detenernos para fotografiar el paisaje, sus brumas en los amaneceres y atardeceres, sus cipreses que jalonan caminos, una belleza extraordinaria que parece inhalar aire puro en el alma.
Stendhal.






