
El origen de la palabra símbolo remite a una costumbre de tradición griega, en la cual dar hospitalidad al caminante era algo sagrado. Cuando algo así sucedía, había incluso una responsabilidad en el agradecimiento, aun en generaciones posteriores. Como representante de estas relaciones, se partía en dos mitades una moneda o medalla, cuyo nombre era SIMBOLON. Huésped y caminante conservaba cada uno una mitad, de modo que pudiera reconstruirse con su unión aquel vínculo de hospitalidad y agradecimiento.
“Símbolo” refiere entonces a un hecho, narrado o historiado, que alude a una verdad; y no alude sólo a ella, sino que en él se hace presente y vivenciable otra realidad. Realidad misteriosa, donde converge lo sensible (vivencia) y lo ausente. Un símbolo alude a una vivencia que se revela en él, cada vez que se materializa, a modo de una momentánea revelación de una vivencia mística (como proponía Goethe).
Hay tantos símbolos como experiencias; podemos hablar de un Corpus Simbolicum (Inconsciente colectivo), como un conjunto de objetos o hechos ya vividos simbólicamente a modo colectivo (por ej., a través de alegorías, arquetipos, mitos… “Mito es el sueño colectivo de un pueblo”, Otto Rank), pero también podemos contruir símbolos personales, que representan para nosotros intransferiblemente sentidos y vivencias propios.
En nuestro psiquismo, previo al modo de pensar con palabras, la forma de expresión es a través de las imágenes: nuestra primera manera de pensar es a través de las imágenes, a modo de la elaboración onírica. De modo que producir símbolos es una manera habitual de expresión del Inconsciente. ¿Qué represena cada símbolo que elaboramos? Pura y simplemente lo que nuestro propio Inconsciente le otorgue como sentido, y por constitución, muy probablemente inaccesible a la palabra. Se explica a sí mismo eficazmente, se define a sí mismo en su existir…
La humanidad siempre manifestó un interés profundo hacia lo que hoy denominamos “producciones del Inconsciente”, sólo que antiguamente era ámbito de lo sagrado, de simbolismo entre Micro y Macrocosmos, entre lo sensible y lo inteligible: lo que mediaba lo Sagrado y lo terrenal, un ritmo “místico”. En el mundo céltico, como en el sufí, el universo es concebido como un compuesto de dos mundos, no superpuestos sino confundidos, uno visible y el otro invisible, salvo excepcionalmente. El símbolo facilita la circulación a través de esos dos mundos y los une…
Aquello que actualmente, ya como hombres modernos, calificamos como “arcaico”, “precario”, “primitivo”, es nada más y nada menos que nuestro origen, nuestra esencia. Aun en estos tiempos de avances tecnológicos, nuestras producciones simbólicas propias siguen siendo el único vehículo posible de presentación de lo universal en nosotros (Jean During), de lo sagrado en nosotros.
¿Qué lugar le damos a lo único e irrepetible que producimos, como nuestros sueños, producciones creativas, “dictados del alma”? ¿O nos esforzamos todos los días en ser igual a los demás, acercándonos más a signos convencionales que a la riqueza de nuestra propia simbología, personal y colectiva?
“El símbolo es la manifestación del ritmo místico de la creación, y el grado de veracidad atribuido al símbolo es una expresión del respeto que el hombre es capaz de darle a ese ritmo místico” (Marius Schneider)
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