jueves, 14 de febrero de 2013

El Síndrome de Stendhal

"El anima del hombre tiene un carácter eminentemente histórico. Como personificación del inconsciente está impregnada de historia y prehistoria. Incluye el contenido del pasado y sustituye en el hombre lo que éste debería saber de su prehistoria. Todo lo que es vida que existió y que está viva todavía en él, es el ánima...
La experiencia en el baptisterio de Ravena me dejó una profunda impresión. Desde entonces sé que algo interior puede parecer algo exterior, como lo inverso. Los verdaderos muros del baptisterio que debían ver mis ojos físicos estaban recubiertos y transformados por una visión que fue tan real como la invariable pila bautismal. ¿Qué fue real en aquel momento? ... He viajado mucho en mi vida y hubiera ido a Roma con agrado, pero no me sentía todavía a la altura de la impresión de esa ciudad. Ya Pompeya me resultó demasiado, las impresiones casi sobrepasan mi capacidad de captación... Me encontraba en la borda del barco cuando recorrimos la costa en la latitud de Roma. Allí se encontraba el foco todavía ardiente y humeante de viejas culturas... Allí estaba todavía viva la antiguedad en toda su magnificencia e iniquidad... Ciertamente se puede gozar estéticamente de una ciudad, pero cuando se siente uno afectado por el espíritu que ha imperado aquí por todas partes... entonces es otra cosa. Ya en Pompeya supe de cosas indescriptibles y se me plantearon preguntas para las cuales mis capacidades no estaban a su altura. Cuando en 1949, ya de avanzada edad, quise recuperar lo perdido, sufrí un desmayo al comprar los billetes para ir allí..."
Carl Jung

Es sabido que el gran escritor francés Stendhal relató que en la visita a la iglesia de Santa Croce experimentó unos síntomas a los que nadie podía dar una explicación lógica y coherente. Stendhal refirió entonces ansiedad repentina, sensación de ahogo y desorientación témporo-espacial. Al ser uno de los primeros "famosos" en referir detalladamente este conjunto de síntomas, sin embargo ya conocidos en el pasado, prestó su nombre para describir esta experiencia.
Siempre ha sucedido, y sigue sucediendo: quienes trabajan en los grandes museos lo saben. Yo misma he experimentado despersonalización y temblequeos frente a los grabados de Goya, vértigo frente a un Caravaggio, tras lo cual volví a reubicarme, pero transformada por esa experiencia inolvidable, como una verdadera experiencia mística según William James. Pero también hay quienes pueden experimentar conmoción en lugares con una densa y compleja historia, como menciona Jung. Viene a mi memoria la ansiedad y piel erizada que experimenté en mi visita a Petrópolis, ciudad imperial construida con las vida de cientos de esclavos...
Sin embargo (nunca faltan) han habido académicos que han insistido, a fines del siglo XX, en pretender catalogarlo como un trastorno mental, patológico, afortunadamente siempre sin suerte. Es que este sindrome de expresión psicosomática repentina se produce en determinados lugares históricos y frente a determinadas obras maestras de arte y belleza, tras el cual el individuo recobra el eje de su conciencia y funcionamiento. Aceleración del ritmo cardíaco, despersonalización, desorientación témporo-espacial, vértigo, incluso visiones pueden ser algunos de los síntomas que promueven la "sobredosis" de impresiones de gran intensidad simbólica, provenientes del inconsciente colectivo a través de una producción artística magistral o lugar histórico, en nuestra focal y limitada conciencia.
Probablemente, cuando nuestro psiquismo se posiciona receptivo, como una antena, por disposicón personal o crisis vital, capte naturalmente todo lo acontecido en la historia, y todo lo inefable de la vida, como un vórtice que reúne todo lo que la historia de la humanidad es. Obras maestras que han sido realizadas con una intensidad emocional tal, que exceden cualquier disposición témporo espacial o capacidad de nuestra conciencia para aprehenderlas. Y como sucede siempre en esos casos, es nuestro cuerpo el que toma el mando de nuestra expresión y elaboración, expresándolo con síntomas.
¿Qué sería la belleza sino aquello que resuena en nuestro interior como sagrado y atemporal? ¿Veremos como digno de belleza aquello que trasciende a nuestra conciencia, portador de mensajes de nuestro anima?
La verdadera belleza, escapista de toda época,quizás sea aquella que toca nuestro alma y lo expresa. La belleza vital no se limita al lienzo que observamos ni a la obra concreta frente a nosotros, ni al mapa de la ciudad que visitamos: flota en el éter, siempre dispuesta a tocarnos, y las obras y lugares que observamos, son sus catalizadores. En ellas subyacen la historia de su ejecución, las emociones del artista, sus deseos, su historia toda, la realidad de su época... ¿Cómo no ser tomados los transeúntes, por esa ola de vida?

La belleza nos despierta. Nos despierta a golpes de terciopelo y néctar, de genialidad y excelencia. Arte, arquitectura y paisajes se trenzan conmoviendo al visitante. Y reconozco que no es la primera vez que me sucede. Pero en este cuarto transitar por estos parajes del norte de Italia, quizás por la edad, los poros de la sensibilidad siento que están más abiertos, y vivo con intensa emoción los regalos que nos brinda esta tierra. Necesitamos a veces detenernos para fotografiar el paisaje, sus brumas en los amaneceres y atardeceres, sus cipreses que jalonan caminos, una belleza extraordinaria que parece inhalar aire puro en el alma.
Stendhal.

domingo, 27 de enero de 2013

La justicia del instante.

Cuando conquisto cierto equilibrio, compruebo que no equivale a simetría, sino más bien a danzar y moverme con todo lo que vive, chequeando a cada segundo si me alineo con las fuerzas cambiantes de lo que Es.
El equilibrio es algo a conquistar, cuando verifico que sólo lo alcanzo con la dosis justa de fuerza, atención, pero al mismo tiempo que relajación y entrega, en un instante justo en donde nuestra esencia inmaterial se funde con nuestra materia.
Cada instante, es justo.
Vir Modarelli
Utthita Hasta Padangusthasana
Yoga en el Faro, Punta del Este.

lunes, 3 de diciembre de 2012

La actualización de los ancestros


Así como en nuestro interior coexisten distintos sistemas, nosotros mismos estamos integrados en un sistema mayor, el familiar o transgeneracional. No solamente pertenecen a nuestra historia familiar nuestros padres, hermanos, abuelos o bisabuelos, sino también nuestros ancestros, aquellos de quienes jamás sabremos sus rostros o nombres, pero que laten vivos en nuestra sangre, hoy y aquí. Ellos y nosotros, todos somos compañeros de un mismo campo psico-espiritual inconsciente, en el que somos conducidos por una misma fuerza común, sujetos a leyes y vibrando en una misma sintonía en la vincularidad, más allá de las leyes del tiempo y espacio propias de la conciencia.
La descompensación de un sistema es frecuente, y suele estar relacionada con el intento de exclusión de uno de sus miembros o verdades, sea por motivos psicológicos o socio-culturales. Ese desequilibrio homeostático en el sistema transgereneracional exige actualización permanente en las próximas generaciones, como una deuda pendiente que nuestros ancestros exigen que saldemos. En nuestra red familiar y transgeneracional hay una necesidad vital de inclusión, vinculación y compensación, y tremendamente sensible a la exclusión de alguno de sus miembros. Si esto último ocurre, serán los descendientes los encargados de recompensar el sistema familiar; pero si no lo hacen, los condenaremos a repetir el destino de los excluidos. Otro miembro nuevo en la cadena generacional será designado para representar la exclusión pasada en la cadena generacional (Jung utilizó una sola vez el término Karma, y fue en el contexto de referirse a esta tarea generacional : el karma familiar lo portamos todos, en nuestra individualidad). Portamos, a nivel inconsciente, interrogantes que nuestros ancestros no hay podido resolver en su tiempo, y heredamos como estandarte de evolución grupal.
Quienes trabajamos con la salud psíquica, sabemos sobre la insistencia de algunas familias en “señalar” la enfermedad en uno de sus miembros: “El enfermo es él, nosotros no”,como un modo de desimplicarse de su responsabilidad en el desafío grupal que esa patología implica. Todo aquel que pertenece a su red generacional tiene el mismo derecho a pertenecer que sus compañeros de campo familiar. Cualquier intento de exclusión o acallamiento de uno de los miembros del sistema familiar generará un eco aun mayor… Legaremos a nuestros descendientes compulsiones al acto, patologías producto de una ineficiente comunicación.
Todos adherimos a una versión oficial de nuestra historia transgeneracional, lo que implica que las versiones múltiples y ocultas vivan en nosotros de forma latente pero viva.
No somos necesariamente esclavos de aquella historia oculta o no sabida, sino que será ese bache natural en nuestra historicidad la que nos erija como potenciales creadores de nuestra propia historia, una creación mitológica personal que restaure un nuevo orden en nuestra genealogía.
"Me he propuesto, a mis 83 años, explicar el mito de mi vida. Sin embargo, no puedo hacer más que afirmaciones inmediatas, sólo "contar historias". Si son verdaderas no es problema. La cuestión consiste solamente en si éste es MI cuento, MI verdad".
Carl Jung

IMagen: Anne Bachellier

viernes, 9 de noviembre de 2012

Nuestras ataduras: RAGA -DVESHA- MOHA

Desde inicios de nuestra existencia, se perfila en nosotros un mecanismo psíquico que, de la mano de la percepción, nos hará buscar aquello que otorga placer, rechazando aquello que nos dé displacer. Lo cual no equivale necesariamente a lo que es bueno o malo para nosotros, llevándonos a rechazar cosas que nos enriquecerían (animarse a lo novedoso), o a desear aquello que nos perjudicaría en nuestra integridad (vínculos, ingesta, decisiones, etc).
En la psicología del yoga, Kleshas son las aflicciones que impiden la felicidad, agrupándose en tres grandes categorías: raga, dvesha, y moha. Raga (el deseo) es el impulso a repetir las sensaciones placenteras. Dvesha (aversión, odio o antipatía) es el rechazo de las sensaciones desagradables. Moha es la confusión o falta de claridad: como tal, es responsable de nuestro sentido de identidad limitada que nos impide notar el sutil malestar e incomodidad subyacentes de toda experiencia.
El problema estriba en que la atracción (raga) o dvesha (repulsión) se suceden de modo bastante mecánico en nosotros, quedando entrampados en tomar decisiones sin matices: las cosas nos gustan o no, sin tener la lucidez (moha) de darnos cuenta de que, en realidad, no-hay-Cosas-Buenas-o-malas en sí mismas, sino que es nuestra mente atada a los sentidos la que nos lleva a ejecutar automáticamente ese mecanismo y a percibir lo que nos sucede desde esta dicotomía. Cuanto más observemos esta dualidad en nosotros (que las cosas o personas nos agradan -raga- o desagradan -dvesha-, sin matices)sería un claro indicador de que estamos sumidos en una confusión -moha-.
La auténtica comprensión de la danza ilusoria entre raga y dvesha, nos permite disfrutar de lo placentero, pero sin sentir frustración cuando lo placentero no es posible. Igualmente, podemos tender a evitar el dolor, pero sin sentirnos maltratados cuando el dolor es inevitable. Pero para ello, debemos echar luz sobre nuestros automatismos, especie de ceguera vivencial (moha).
¿Cómo se manifiestan estos patrones raga-dvesha-moha en nuestras vidas? Rompiendo la oscuridad de nuestros automatismos. Cuando Ud. siente atracción o rechazo hacia algo, ¿qué en Ud. rechaza o se siente atraído hacia eso? Cada instante de nuestra vida nos brinda la oportunidad de despertar de nuestra confusión.
Los apegos no sólo se refieren a lo que nos da placer, sino también a lo que nos produce displacer: aquello que rechazamos nos ata tanto como lo que nos atrae, y la razón es que son dos extremos de una misma atadura. En una oportunidad escuchaba a una persona explayándose sobre el odio rabioso que sentía por otra persona. Lo pudo explicitar tanto, que sobre el final no pudo más que decir: “Lo odio tanto, que ya le pertenezco”...

"Haga este pequeño ejercicio durante unos pocos minutos: Piense en algo o alguien a quien esté apegado. Podría ser su empleo su carrera, su profesión, su amigo, su dinero, lo que sea. Y dígale a ese objeto o persona: "Realmente, no te necesito para ser feliz. Solamente me estoy engañando al creer que sin ti no seré feliz. Pero no te necesito para mi felicidad; puedo ser feliz sin ti". Si su apego es una persona, ella no se sentirá muy feliz de oír eso, pero dígalo de todos modos. Puede decirlo secretamente, en el fondo del corazón. En todo caso, usted se pondrá en contacto con la verdad: destrozará una fantasía. La felicidad es un estado en el que no hay ilusiones."
Anthony de Mello.

martes, 16 de octubre de 2012

El arquetipo de Alma Mahler: la novia del viento.

Una de las mujeres más cautivantes de la historia de arte es, sin dudas, Alma Marie Schindler, hija de un adinerado comerciante de la Viena de fines del siglo XIX. Claro que salta a la posteridad bajo otro nombre, y es aquel que señala el escurrimiento de su identidad, que sostiene a lo largo de su vida. Desde su infancia y adolescencia, rodeada de lujos y celebridades, Alma descubre su aptitud para cautivar a hombres talentosos. Bajo un óleo de Delacroix, Klimt la inmortaliza en “El beso”. Luego vienen el director teatral Burkhardt, el profesor de piano Alexander von Zemlinsky, y claro, el compositor Gustav Mahler, de quien toma el nombre y la fama. Pero para ese entonces, Alma ya es considerada la Musa del Hombre Talentoso e inspirado. Fuera el que fuera. Estar a su lado, es garantía de inspiración y creación. Pero siempre en El, nunca en Ella.
La relación entre Alma y el gran compositor Gustav Mahler es sumamente ambigua y compleja. A una lealtad explícita socialmente, le coexisten infidelidades y menosprecios en la intimidad, en un rígido ambiente vienés. Gustav expresa su amor por ella, llegándole a dedicar varias composiciones, y teniendo juntos dos hijas. Sin embargo, una de sus condiciones hacia su mujer es que ella misma renuncie a su carrera musical y composiciones propias. Condiciones que Alma acepta, en pos del “Gran Gustav”, trabajando entonces para engrandecer la figura de su marido: copia sus partituras, atiende las finanzas domésticas, cria a sus hijas… Vive a través del genio masculino de su marido. Pero en una mujer dominada por sus pasiones, estos condicionamientos no tardan en romper la ficticia fachada social. Alma se siente prisionera en una vida de resignaciones y frustraciones.
Luego de la muerte de una de sus hijas, Alma se refugia en un hospital-spa, donde conoce al también genial Gropius, arquitecto fundador de la Bauhaus, dando comienzo a un intenso romance, que sin embargo Alma deja a un lado, para permanecer al lado de ya enfermo Mahler, quien la necesita fervientemente, para seguir siendo El...
Al fallecer Mahler, Alma inicia una tórrida pasión con Kokoschka, uno de los más brillantes exponentes del expresionismo alemán. Alma, acostumbrada a los lujosos salones europeos, debe elegir lo que Kokoschka le ofrece: el amor bohemio y oculto en su atelier. Por primera vez quizás, el amor se le ofrece en la vida, pero sin la condición que necesita para respirar: la gloria, la atención, las miradas del otro, los aplausos, incluso las suspicacias sobre su persona. Todo lo contrario que necesita el pintor para amarla y crear. Embarazada, Alma hizo que le aborten el hijo de su unión, lo que fuerza la separación y la partida voluntaria del pintor a combatir en la primera guerra mundial. Cuando se rumorea la noticia de su muerte, Alma ya se está casando con Gropius. En realidad, Kokoschka se está recuperando de sus heridas en un hospital. A su vuelta, se lo llega a ver, medio enloquecido, paseando por la ciudad y teatros con una muñeca que representa a Alma…
Pero este último matrimonio de Alma con Gropius tampoco prospera, como tampoco la vida de la hija que gestan.
De allí, Alma cae cautivada en los brazos de Franz Werfel, gran literato alemán, con quien emigra a Estados Unidos, en donde vive hasta su muerte, circulando por los grupos más selectos, claro.
Todos los hombres que estuvieron a su lado fueron almas sensibles, dominados por sus emociones y su aspecto femenino, proyectado en Alma, quien los atormentó por celos y exclusión. Tan sólo Kokoschka logró radiografiar su alma, destruirla en sus cuadros y haciéndola volar en un viento voraz. “La novia del viento” fue el más celebre de sus cuadros, y en él vemos a ambos amantes, devorados en un tornado.
Que en una pareja la mujer proyecta su ánimus (aspectos masculinos) en su hombre, y que éste proyecta su ánima (aspectos femeninos) en su mujer, da lugar al juego arquetipal de todo vínculo. Cuando hay un diálogo fructífero entre ambos, anima y ánimus generan vida, proyecto vital que hace avanzar a una pareja. Por lo contrario, cuando ánima-ánimus se encuentran disociados rígidamente, hombre y mujer estarán dominados por su ánima y ánimus respectivamente: un hombre poseído por su ánima (dominado por sus pasiones) o una mujer dominada por su ánimus (víctima de lo masculino). La relación que tengamos con nuestros aspectos femeninos y masculinos la veremos proyectada en nuestro vínculo de pareja: control, desprecio, sometimiento, o integración, enriquecimiento e intercambio nutricio.
Paradójicamente, Jung mencionaba que el ánima en sí representa al Alma, cuyo destino misterioso es unirse con su ánimus, en unas bodas místicas con uno mismo. Alma Mahler sólo podía verse a sí misma a través de los hombres que la descubrían. Pero sus hombres necesitaban de su Alma femenina como condición para que su genialidad surgiera: nunca la de ella, siempre la de él. Alma hechizaba, tal como sucede con los arquetipos: sin ningún logro personal, su sola presencia garantizaba que sus hombres crearan, aun a costa de la locura.
Su intención de ser la ”mujer de” la encadena a la tortura de proyectar su ánimus en otro, e imposibilitarse a sí misma de empoderarse en su autoridad individual. Cada proyecto de pareja, desintegra su posibilidad de unirse a sí misma, para verse en el espejo de otro. Deriva en un mar de almas, evitando encontrarse a sí misma.
Alma falleció en 1964 en Nueva York. Ninguno de sus hijos, frutos de sus parejas, la sobrevivió.

sábado, 29 de septiembre de 2012

La aventura de la emergencia espiritual (2da parte)

En la gran mayoría de los casos de emergencias psicoespirituales, algo dispara la transformación. Un accidente, enfermedad, duelo, intervención quirúrgica, parto, extremo cansancio físico, pérdida laboral, o una experiencia emocional muy intensa.
Un hito de nuestra vida determina el comienzo de una etapa crítica, en el que la transformación psicológica es necesaria para proseguir nuestra existencia. Se nos requiere en un nivel mayor de integración, para lo cual todos los aspectos de nuestro ser deben reajustarse (en todos sus aspectos, desde los más densos hasta los más sutiles), para reordenarse en una forma de organización orgánica más saludable, de mayor libertad individual pero también de mayor conexión e intrincamiento con todo lo existente. Como parte de este proceso, pueden experimentarse estados no ordinarios de conciencia, alteraciones físicas, en la serie de la secuencia de muerte y renacimiento psicológico que implica todo profundo cambio existencial.
Para realizar este traslocamiento de nuestro eje de existencia, que redundará en un nivel de funcionamiento más complejo e íntegro, se debe redirigir transitoriamente nuestra mirada hacia nuestro mundo interior. Este proceso puede ser sutil y gradual, en cuyo caso la persona puede verse a sí misma a través del tiempo, y percibir que algo ha cambiado en sí mismo, desde sus valores, hábitos o deseos.
Sin embargo, a veces este natural traslocamiento vital puede suceder de modo más intenso y veloz; en ese caso la persona puede vivir este proceso como una emergencia psicoespiritual. Las experiencias internas son tantas y tan profusas que la estructura egoica misma se siente amenazada, haciendo trastabillar su relación con la realidad. Vivencias de despersonalización, problemas para encarar las exigencias de la vida cotidiana, temores, sensación de estar volviéndose loco… El material psicológico enquistado patológicamente emerge a la superficie de la conciencia con una intensidad que semeja los procesos patológicos. Pero en realidad, la psiquis se ha activado al modo de una limpieza y sanación de patrones nocivos mentales, recuerdos y fijaciones traumáticas.
Si comprendemos la dimensión y la calidad de sanadores de estos procesos, pudiendo distinguirlos de los verdaderos procesos patológicos (lo que requiere la mirada profesional entrenada en esta materia, una mirada que no patologice cualquier irrupción del inconsciente ), las emergencias psicoespirituales conducen a un mayor nivel de sanación e integración psico-emocional-somático, aunque sean dramáticamente intensos. A diferencia de estos procesos sanadores, los procesos patológicos tienen particularidades específicas, entre las cuales se evidencia una desintegración progresiva del psiquismo, y una ausencia de introyección del proceso, entre otras características (requiriendo posiblemente la utilización de fármacos).
Un traslocamiento de nuestro eje de existencia modifica todos nuestros aspectos del Ser. Esta tarea no es sencilla a veces, y requiere de una mirada comprensiva sobre la verdadera naturaleza de este saludable proceso de transformación psicoespiritual. Cuando permitimos fluir los contenidos intensamente emocionales, hacia su emergencia en la superficie, en un entorno contenedor y comprensivo, les quitamos entidad para enfermarnos: nuestro organismo trabaja activamente para trabajar de modo más simplificado, en un proceso de autocuración.

lunes, 17 de septiembre de 2012

La aventura de la emergencia psicoespiritual (primera parte)

El desarrollo espiritual consiste en un estadio en la evolución de todo ser humano, que lo desafía a un mayor nivel de integración y al descubrimiento de su verdadero potencial.
Durante siglos, diversas culturas humanas han tomado este estadio como un aspecto necesario y hasta saludable de la vida, catalizando ese proceso mediante el desarrollo de rituales y prácticas, transmitidas de generación en generación. Como resabio de este arsenal simbólico insustituible, verdadera riqueza de la humanidad, atesoramos el arte inspirado en dominios místicos, sea en pinturas, arquitectura, música y literatura.
Sin embargo, el viaje iniciático hacia las profundidades del ser puede tomar una velocidad vertiginosa, transformándose en una profunda crisis, en la que los cambios internos son tan veloces y los estados internos tan intensos, que el vínculo del individuo con la realidad se torna dificultoso.
Ancestralmente, ante estas dificultades se instrumentaban distintas prácticas que canalizaran o catalizaran el proceso de emergencia del sí mismo. En ocasiones, a las personas que atravesaban este proceso se las consideraba en contacto con lo sagrado o con lo sutil, y una vez que su estado de transformación tenía lugar, eran considerados personas de mayor sabiduría y experimentadas en el proceso.
Un rayo fulminante partió en dos al ser humano, con el advenimiento de la ciencia moderna. La “realidad aceptada” se redujo a los aspectos de la existencia materiales y mensurables. La espiritualidad fue expulsada del hombre pensante, separando la experiencia humana en lo normal y patológico. Como consecuencia de esta lamentable escisión, ciertos fenómenos del proceso de emergencia espiritual quedaron relegados al mapa de la enfermedad psiquiátrica, y aquellos que mostraban síntomas de transformación interior (que en ocasiones pueden ser intensos) fueron considerados enfermos por la psiquiatría y psicología clásica occidental.
Sin embargo, esa escisión tambalea cada vez más. Sabemos, desde la psicología transpersonal, que una adecuada comprensión de los procesos de desarrollo
espiritual-existencial, así como de los verdaderos estados patológicos de los componentes personales del psiquismo, nos ubica a quienes trabajamos con esta visión con un revelador aporte: en un ambiente contenedor, que otorgue el apoyo necesario, estos intensos estados pueden ser extremadamente sanadores y terapéuticos, ya que dejan emerger contenidos profundos de las esferas físicas, psíquicas, sutiles del individuo. El término “emergencia” no debe atemorizarnos, ya que si bien su expresión suele ser intensa, consiste expresamente en la aparición en escena real de contenidos psíquicos que quedaron enquistados y encerrados: las emergencias existenciales son reclamos de nuestro ser más profundos por formar parte de nuestra vida.
Quienes trabajamos con la salud de las personas observamos cómo, cada vez más, se presentan ciertos cuadros que empeoran frente a la mirada y tratamiento patologizante de la clásica psiquiatría, y asistimos maravillados a su transformación sanadora cuando permitimos que esa fenomenología tome el mando y nos cuente su verdad y le permitimos expresarse libremente. Dentro del campo de la salud mental, cada vez son más los profesionales que requieren de miradas novedosas y multidisciplinarias, así como de nuevos aires creativos, compasivos: una mirada más humana. Tampoco son escasos los consultantes que, atravesando una crisis psicoespiritual exigen en los profesionales que se reconozcan sus dificultades transitorias como lo que son: bisagras existenciales gracias a las cuales sus vidas podrán tomar un rumbo más sano e íntegro y no mera patología.
Convivir con la aventura de la mente humana requiere curiosidad permanente, y una apertura a aceptar lo desconocido como parte de lo vital. Muchos de los estados que ciertas corrientes de la psiquiatría consideran patológicos o incomprensibles, consisten en manifestaciones naturales del funcionamiento profundo del psiquismo humano. Su emergencia en la conciencia, lejos de ser un síntoma de enfermedad, consiste en un esfuerzo del organismo para purificarse y liberarse de la presión psíquica que experimenta.
Nuestro compromiso con el psiquismo es no arrinconarlo en nuestra –limitada- visión del mundo y creencias científicas. Un compromiso creativo que nos lleve a encontrar el mejor modo de cooperar con nuestro psiquismo y acercarnos a su verdadera naturaleza.
"No voy a cometer la estupidez tan de moda de considerar como un fraude a todo aquello que no puedo comprender".
Carl Jung.

El Ser Humano, en su complejidad, debe ser aprehendido desde su esfera individual, pero tambièn desde lo colectivo y lo trascendente. MI MAIL: vmservivo91@gmail.com