Prometeo fue quien robó el fuego divino, que se había reservado para sí Zeus, de forma exclusiva. Hasta ese robo, refiere la mitología que la humanidad era feliz, en su ignorancia. Valiéndose de arcilla y agua, Prometeo había moldeado la figura de un hombre, maravillando así a Minerva. La diosa, en agradecimiento por haber hecho tal maravilla, le muestra las cosas que hay en el cielo, para dar un digno remate final a la realización. Al ver, Prometeo se percata de que todo lo existente en el cielo tiene ánimas de fuego. Queriendo darle también alma a su figura, opta por robar del cielo ese fuego, el que luego también entrega al resto de los hombres, que lo utilizaron para crear todas sus artes (este mito también da cuenta del fuego como piedra angular sobre la que los hombres edificamos nuestra cultura).
Pero el delito del robo ha sido muy grave. Zeus, enfurecido, ordena a Hefestos construir también una figura de arcilla femenina (Pandora). De belleza sin igual, seduce al hermano de Prometeo, para poder abrir entre los mortales su nefasta caja: así se volcaron las desdichas sobre el mundo (sólo queda la esperanza, como se recordará…). Prometeo es castigado: es encadenado a una roca en el Cáucaso, para que un águila le devore eternamente el hígado (asiento del alma, según los griegos), día tras días. Aun siendo un suplicio extremadamente cruel , nada doblega el orgullo del héroe. Si pudiera, volvería a hacer lo mismo; no se arrepiente, y soporta con entereza las consecuencias de su acto. Por eso se ha hecho de él un héroe.
En “Prometeo encadenado”, Esquilo le hace decir a Prometeo:
“¿quién repartió a esos dioses todas sus preeminencia? Oid los males de los hombres, y cómo de rudos que antes eran, hícelos avispados y cuerdos: viendo, veían en vano; oyendo, no oían… Ni sabían edificar con el ladrillo y la madera sus casas… No había para ellos signos del invierno ni de la florida primavera, ni del verano en frutos… Todo lo hacían sin tino… Por ellos inventé los números, y la composición de las letras… Yo fui el primero que unció al yugo las bestias fieras… Y puse al carro los humildes caballos… Ni nadie más que yo inventó esos carros con alas de lino que surcan los mares… Y después de que inventé para los hombres todas esas industrias, me encuentro ahora, mísero…”
Está clarísimo pues de que Prometeo está convencido de que, al robar el fuego divino y dárselo a los hombres (creando la civilización entre ellos) ha prestado el máximo servicio a la humanidad. ¿Es desde ese entonces que el hombre ha perdido el paraíso, una paz primitiva?
Son dos concepciones que se debaten en el hombre, desde tiempos arcaicos y hasta hoy: frente al innegable avance y glorificación de la tecnología, se alza un murmullo de voces, que cuestionan cuáles han sido realmente los objetivos logrados por la humanidad a lo largo de algunos milenios, refiriéndose a sus necesidades espirituales, su paz interior y con sus semejantes.
Zeus queda pues cuestionado como deidad, pero sobre todo por encolerizarse al no poder aceptar que sus privilegios pueden ser compartidos por los demás (lo que implicaría ser una legítima autoridad). Pero también, luego de Prometeo, el fuego pierde su misterio: un hombre ha podido engañar a Zeus. Prototipo de revolucionario, Prometeo hace nacer al Hombre y que advierte a los humanos de los “dioses falsos”. Una de las formas que ha adquirido en la humanidad el arquetipo de Redentor…
Un mito, que nos habla del discernimiento que posibilita la expresión del hombre en sus máximas potencialidades, y liberándolo de las ataduras de la ceguera de la ignorancia. No por nada es que otro héroe, como Hércules, será el encargado de liberarlo de la roca.
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