
¿Cómo nace de nosotros el conocimiento?
Paradójicamente, las tradiciones de sabiduría nos hablan del requisito de abandonar creencias para aprender. Un buen maestro sería quien nos confronta con nuestras paradojas, incertidumbres, para poder sostenerlas y aprender de ellas, botando aquello que nos obstaculiza el proceso. Un verdadero maestro es quien hace aflorar en su aprendiz preguntas, cuestionamientos de sus creencias limitadas e incluso, dudas. Y un proceso de aprendizaje, es de ese modo, una aventura espiritual, como el viaje del Héroe.
Como toda aventura, el aprendizaje implica peligros, obstáculos. Experiencias paradójicas, conductas regresivas, fanatismo con falsos maestros, dudas existenciales… angustia. Pero incluso estos riesgos y obstáculos nos han sido prevenidos al comienzo de nuestra aventura. La sabiduría china sostiene que el proceso de emergencia de nuestra conciencia superior se asemeja al abrevar el agua de un pozo profundo: primero emerge sedimentos, rocas, para luego encontrar el agua pura y cristalina.
Dejar la comodidad de nuestras certezas, y enfrentar nuestros demonios es un requisito para nuestro camino de aprendizaje. Y esto, los ojos de un maestro lúcido lo ven claramente: no lo evita la angustia a su aprendiz, tratando de que sólo atraviese experiencias “cómodas al ego”…
Un maestro no da a cuenta gotas el tesoro de su conocimiento, sino que comparte técnicas para que sus aprendices descubran el conocimiento en sí mismos, como barcas que nos llevarán hacia otra orilla de conocimiento. De tanta importancia es encontrar quien nos guíe en este proceso, que las tradiciones de sabiduría sostienen que son los aprendices quienes encuentran a sus maestros, y no viceversa.
La aventura del héroe que parte buscándose a sí mismo ha sido bellamente graficado de muchos modos diversos. Uno de ellos es el conocido como el “Cuidado del buey”. Al comienzo, “la búsqueda del buey”, nos representa la búsqueda del individuo que entrevé algo distinto en sí mismo, aunque aún no sabe de qué se trata. Luego encuentra huellas de un buey (de su propia conciencia superior) y adquiere así la certeza de que hay un buey efectivamente (“el hallazgo de huellas”). Luego de su experiencia directa (“primer atisbo”), SABE que el buey está en todas partes, por cuanto lo que debe hacer el individuo es refinar y practicar técnicas que le permitan enfrentarse cara a cara con el salvaje buey (“la caza del buey”). Así, se va gestando entre ambos una sutil e íntima relación, irreductible a ellos dos.
Finalmente, en la etapa de “la vuelta a casa montado en el buey”, el aprendiz comprende que el conocimiento estuvo allí, y que toda experiencia en nuestra realidad nos lleva a él: que todo es un milagro, que todo es sagrado, que todos somos sabios, esperando desenterrar los obstáculos que nos lo impiden.
Pero, como ya nos ha dicho Joseph Campbell, la última etapa es decisiva para que el viaje se complete: el aprendiz, montado en el buey, ingresa en la plaza del mercado dispuesto a ayudar. Porque si no es compartiendo con otros el proceso de doma de los propios infiernos, transmitiendo este aprendizaje, no se finaliza por hacerlo propio del todo.
Y un lúcido maestro sabe esto, toma la mano de su aprendiz y lo insta a continuar, porque ya sabe que el conocimiento estuvo frente a los ojos de su aprendiz, allí, siempre.
1 comentarios:
muy bueno
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